Federico Gamboa (1864-1939)

por por Carlos González Peña (1885-1955)

González Peña, Carlos, “Don Federico Gamboa y el don de Gentes”, en Memorias de la Academia Mexicana correspondiente de la Española (Discursos académicos), tomo XI, México: Jus, 1955, pp. 296-299.

Don Federico Gamboa y el don de gentes25

Suponed la escena en cualquier casa y cualquier día.

Un caballero llega. Deja sombrero y bastón. Sonríe y saluda; que siempre en él la sonrisa, perfume del espíritu, acompaña al saludo. Es este caballero de mediana estatura; de andar más bien vivo que parsimonioso; delgado, con una delgadez que emparienta con el enflaquecimiento, y que acentuadamente se denuncia en lo visible, o sea rostro, cuello y manos. 

Autor anónimo, tomado de CNL-INBAL

Las manos —si adrede las examináis— veréis que son finas, pequeñas, alongadas, con venas azulencas que transparenta el marchito cutis. Emerge el cuello de la acartonada blancura que lo rodea, y en ella, desahogado, se mueve. El rostro es buído y marfileño; recta y de anchas ventanas la nariz; color de avellana los ojos, de mirar inquisitivo y cordial. No ha ahondado todavía, en las mejillas flácidas, el surco de los años; espiritualidad, más que dejo y barruntos de ímpetu sensual, nótase en los labios que blanco, grueso y caído bigote sombrea; la frente, que en edad moza aparecería bien proporcionada, ahora huye a toda medida, por lo mismo que se confunde con la testa limpia, lustrosa y monda. Un cerquillo mercedario, níveo y leve, la rodea; y, en suma, las orejas, signo y seña de toda cara, son inequívocamente en este sujeto, de las que tanto se muestran diligentes en el percibir como fieles en el escuchar. 

Viste invariablemente de negro, y sin que haya en su pergeño y traza nada de arcaizante, se adivina, al considerarlos, secreto apego a usos y modas del pasado. Gasta sombrero de fieltro porque, sin riesgo de grave desentonar, ya no se lleva el bombín; mas, en aquello que no se ve de buenas a primeras —las botas, por ejemplos, antecesoras inmediatas del borceguí— él persiste. Por lo demás, ninguna presunción ni vistosidad. Sencillez y modestia.

Avanza hacia el estrado. Con los amigos, muéstrase efusivo y fiestero; con los extraños, grave y cortés, mediando un puntito, no ya de ironía, sino de alboroza bromista más bien, que presagia —si procede— la amistad a punto de anudarse. Si hay damas, se inclina, reverente —a la vista está siempre el diplomático—, y por lo común, les besa ceremoniosamente la diestra, a la europea.

Se conoce —piensa quien por primera vez le mira— que este señor ha corrido mucho mundo, ha visto y tratado a muchas gentes, de arriba abajo, y de abajo a arriba, en la escala social. No pierde el ritmo ni se inmuta. Sencilla, gentilmente, al que encuentra a su paso, le reconoce lo que es suyo. 

Toma asiento; cruza la flaca pierna; se frota, sabrosamente, las manos. Esto último, a tiempo que sus labios musitan, desleída, alguna interjección: ¡¡Vaya! ¡Vaya!”, o “¡Bueno! ¡Bueno!”, seguida de un “¿Qué hay por ahí?”, o cosa semejante; modo de ensartar la hebra como otro cualquiera, bien que de todos o los más difiera por el arte y galanura en dar las puntadas. 

La voz es grave; a ratos sorda, aunque animada por cálida vibración. La pausa, sabia y elocuente. La risa, calmosa, acompáñase de ademanes llenos de simpatía. Y todo es que el recién venido tome la palabra, para que el auditorio quede pendiente de sus labios. 

Escúchasele con atención y embeleso. 

Tenía don Federico Gamboa como cualidad distintiva el don de gentes; era, fundamentalmente, y tanto como escritor, un hombre sociable. 

Con haber vivido mucho, recorriendo desde su juventud hasta años maduros tierras nuevas y diversas, familiarizándose con personas y tipos de varia índole, poniéndose en contacto con ambientes y costumbres disímbolos; sumergiéndose, por así decirlo, en humanidad; todavía estaba intacta en él, en las postrimerías de su existencia, y se mantenía despierta, su curiosidad humana. 

Entre quienes han navegado largamente por el mar de la vida, lo más común, sea por cansancio o por colmada experiencia, es encerrarse en sí mismos, como el molusco en su concha; rehuir al prójimo; excusar lo nuevo, y honda y reiteradamente amar más y más lo ya amado y conocido. En don Federico —caso curioso— juntamente con esta tendencia, había la otra en el arte, pero sobre todo en la vida, hallábase él siempre deseoso de conocer y amar. De conocer y amar, no ya para olvidar ni menospreciar lo que de tiempo atrás señoreaba su corazón y su mente; antes bien para allegarse nuevos datos, nuevas emociones, y —si procedía— nuevos cariños. 

Lejos de encerrarse en sí con amargo desengaño —¡y vaya si razón tuvo para tenerlos! —, fiel a sus opiniones y creencias se inclinaba, deferente y curioso, hacia las de los demás; y, sobre todo y muy particularmente, y fuera de toda opinión o creencia, hacia el colmenar del mundo. 

A fuer de novelista, era un observador del espectáculo humano. Mas no le bastaba contemplar; no se constituía en espectador impasible: por lo contrario, apasionadamente se mezclaba en aquel mismo espectáculo, ansioso de compartirlo y figurar en él. 

Del brazo del novelista iba el hombre sociable. Era un hombre entre los hombres. Se codeaba con ellos, convivía con ellos. Gustábale —¡harto lo recordaréis! — visitar y ser visitado. En su rincón íntimo, cada sábado, invariable y religiosamente cada sábado, reunía a los amigos viejos, viejos de cuarenta o más años de amistad, jactándose, al sumar con la suya las edades de todos, de que representaban, juntos, siglos suficientes para llegar hasta los albores del virreinato. Pero, de igual suerte —¡y cuántas veces sucedió! — tenía la heroicidad de suspender su propio trabajo, el periodístico, que le daba el pan, cuando un desconocido, principiante de las letras, llamaba a su puerta. 

Simpatía. Simpatía humana: he aquí lo que esto revela. Y aún algo mejor: peregrino dominio del medio adecuado para aproximarse a los demás, para comunicarse con ellos, y elocuentemente hacerles notar que los comprendía y era comprendido. Refiérome al delicioso arte de la conversación. 

Tomaba asiento el caballero. Y todo era que empezase a hablar, para que le escucharan con atención y embeleso. 

Fue don Federico Gamboa un gran conversador. 

No de los que a sí mismos se titulan y aun doctoran de tales, y artificiosa cuanto atrabiliariamente restan o impiden a los demás el uso de la palabra; no de los que traen aprendida la lección, a riesgo de desilusionar cuando por segunda, tercer o enésima vez la recitan; sino espontáneo, tan natural en el narrar, como oportuno en la réplica. Conversaba, haciendo que los demás interviniesen. A cada quien —espiritualmente— le hablaba en su lengua: a la mujer, al anciano, al niño, al joven. Lejos de ejercer monopolio, provocaba el recíproco uso de la palabra. Con lo que la plática era general, por más que, irreprimiblemente, fluyera hacia él, que la estimulaba y la dirigía, aun sin proponérselo, como el que lleva la batuta de bien concertada orquesta. 

Pintoresco en la expresión; acertado en la pausa; incisivo, bien que no hiriente ni despiadado en la crítica, que fluía de sus labios con elegantes matices de ironía; cortés para con los contradictorios; generoso y hasta lleno de indulgencia para todos, y sabiendo, a cada quien, darle por su cuerda, nada de extraño tiene que, cuando el caballero se retiraba de la casa donde había encantado su visita, o despedía al amigo o al extraño que había traspuesto el umbral de la suya, dejase, con bien ganad simpatía, inclinado el ánimo a abogar por un pronto retorno. 

Si para los que se le acercaban, y sin excepción, su palabra tenía hondo influjo, por ser él varón prudente, y de consejo, tanto como de larga experiencia y sutil mundología; en especial le escucharon siempre con notorio, elocuente, y hasta en ocasiones estrepitoso agrado, las mujeres. Ejercía sobre ellas invencible hechizo, ya fuesen señoras machuchas de las que alternaron con el remoto La Cocardière1 y supieron de sus lances y aventuras; o bien jóvenes damas, floridos pimpollos y aun simples chicuelas, que admiraban la donosura y malicia de aquel decir, el chisporrotear del ingenio al través de comentarios a sucesos, muchas veces, sin relieve y del vivir corriente; el vestirse de nuevo de tal o cual tema que en otra boca sería viejo; la anécdota oportuna y la alusión o el cuento felices… —“Yo he sido siempre— anotaba aquel frágil y mariposeante de La Cocardière, en una bella página de Impresiones y recuerdos— yo he sido siempre débil con las mujeres, a un grado extremo; y mi mayor deseo consiste en que nunca me abandone esta debilidad, que ilumine mi vejez, si es que la alcanzo, y me acompañe adondequiera que esté”. —Pues bien: se cumplió el anhelo de La Cocardière; y se cumplió con creces. No sólo de viejo, y paternalmente, siguió él amando a la mujer: obtuvo también el galardón de que la mujer le amase, si amor lo traducimos por espiritual y graciosa simpatía. 

Mas el hombre social y sociable no lo fue todo en don Federico. Quedaba, y predominaba —como es obvio que predomine en la existencia de todo hombre de pensamiento— el silencio, la soledad, el coloquio interior. Y en ellos se engolfaba. 

Pero no es ello materia en la que yo, a mi vez, deba abstraerme. 

Quiere la Academia Mexicana honrar esta noche la memoria del que fue su ilustre director. Un año hace apenas que, en este lugar mismo, festejábamos su cincuentenario como cultivador de las letras. Desde su sillón directorial, él —recordadlo bien—, un poco curioso, un más alarmado, veía como, a la manera de que revuelve en el baúl ajeno, nosotros nos aventurábamos en su propio pasado, escudriñando su vida y hechos. 

Mucho a la sazón se dijo, y más, después, se ha dicho, de lo que éstos fueron. Se ha hablado del escritor, del artista, del diplomático. Y consideré que será amable hablaros ahora simplemente del hombre, sacándolo de la misteriosa sombra para reintegrarlo a nuestra compañía; o, más sencillamente, evocándolo tal y como él fue en el comercio humano al declinar su vida…

Yo bien sé que esto tendría la virtud de agradarlo si agrado puede haber más allá del tránsito, y si posible es que nos escuchen los hombres que se van.

Transcripción y edición por Fernando A. Morales Orozco

Hipervínculos por Verónica Yaneth Galván Ojeda

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