Nellie Campobello (1900-1986)

La señorita Nellie

Por Felipe Segura Escalona (1926-2004)

Felipe Segura Escalona, “La señorita Nellie”, en Revista de la Universidad de México, núm. 510, julio de 1993, pp. 43-45. Online disponible en: La señora Nellie | Revista de la Universidad de México

Un 15 de enero de 1945 fui presentado con Nellie Campobello. Me miró sonriendo, extendió su mano como para que la besara, sus ojos recorrieron mi cuerpo lentamente, nuevamente me miró a los ojos y preguntó la fecha de mi nacimiento. Al decirle primero de enero, exclamó: “¡Capricornio!” Después sabría que era mi signo zodiacal (jamás había oído hablar de eso) y que era la “casa de la inteligencia” del suyo. Quedé azorado con su radiante presencia; al partir no podía apartar de mi mente su imagen y su voz. 

Yo era estudiante de la Academia Cinematográfica de México. Mi maestra, Dina Torregrosa, insistía en que debía estudiar ballet clásico; por esa razón me llevó al Palacio de Bellas Artes. Subimos cuatro pisos, atravesamos unos salones muy amplios con barras y espejos. Llegamos a uno donde estaban congregados los miembros del Ballet de la Ciudad de México “haciendo clase”; fue un impacto para mí, todos me parecieron maravillosos. Gloria Campobello, a quien yo ya había visto bailar y me había fascinado, impartía la clase. Don Martín Luis Guzmán y la señorita Nellie, observaban. 

Nellie Campobello era una mujer sin edad. Sus ojos y su sonrisa eran cordiales pero también podían despedir fuego cuando se enojaba. Esa tarde vestía un traje de zandunga (era usual en ella vestir diversos trajes mexicanos), su pelo recogido, los ademanes eran como los de una reina desde su trono. Cuando se dirigía a algún bailarín lo llamaba por su apellido; igual hacían don Martín y la señorita Gloria. A pesar de que todos éramos muy jóvenes nos hablaban de usted. Todo era muy formal.

“Nellie Campobello”, retrato.
Esta imagen pertenece al Instituto Nacional de Antropología e Historia de México así como los correspondientes derechos de autor. Disponible en la Mediateca INAH

Me remitió a uno de los maestros, Gilberto Terrazas, para que me examinara. Después del informe, la señorita Nellie me comunicó que me aceptaban en el 4º año de la Escuela Nacional de Danza y que sería miembro de la compañía. También me dijo que ya tenía un papel en el ballet El sombrero de tres picos. Más tarde supe que el papel era como cargador de la litera del Corregidor… 

Mi emoción fue enorme. Varios días estuve sólo observando porque carecía de la indumentaria adecuada. Por fin conseguí unas mallas color de rosa. El día que me presenté vestido causé impacto… y risa. Fui llamado a la dirección, temía que la señorita Nellie me reprendiera por el color de las mallas pero no, me preguntó por qué tenía los músculos de las piernas tan bien desarrollados. Lo único que se me ocurrió decirle fue que era porque jugaba futbol; no le dije que ya había estudiado danza durante dos años. 

Unos días después se enfermó uno de los bailarines del conjunto. La señorita Gloria me puso en su lugar. El papel: Pulsador del ballet Circo Orrín. Al cabo de los días el bailarín regresó y pretendió ocupar su lugar. Le dije que no, que ya era mío y que si se quejaba “le rompería el hocico”. Sí se quejó y me llamaron de la dirección. 

Estas llamadas a la dirección atemorizaban a todos. Lo usual era que la directora corriera a los bailarines, no sin antes decirles sus defectos y la impresión que daban bailando: escobas, brujas, pajarracos, insectos. En esta ocasión me dijo que empleaba muy mal el lenguaje, que los seres humanos no tenían patas, ni hocico. Agregó: “Regrese a su ensayo.” Y me quedé con el papel de Pulsador. Descubrí que desde la dirección regía sobre maestros, bailarines y alumnos. Era directora de la escuela y de la compañía; con su voz suave, aterciopelada, y sus maneras gentiles, imponía su criterio sobre todos. 

Alrededor de las siete de la noche había un corte y nos daban merienda. Consistía en chocolate caliente y pan negro; después cambió por jugos y frutas; era la hora del recreo. En una ocasión uno de los muchachos me dijo que yo era un principiante y muy mal bailarín. Le arrojé el chocolate y… otra vez a la dirección. La señorita Nellie me recibió muy seria, se levantó y paseó, finalmente me preguntó dónde había nacido. Le dije que en la VIlla de Guadalupe pero que mi familia era de Sinaloa. Ella exclamó: “¡Del norte!, ya presentía que era del norte por aguerrido.” Nuevamente me envió a mi ensayo y no dijo nada del chocolate. Mis compañeros quedaron azorados al verme de regreso, alguien murmuró que yo era “su favorito”. Yo me sentí enormemente orgulloso de que una señora tan bella, tan elegante y tan poderosa me tomara como su favorito. 

Una tarde la señorita Gloria dijo: “Sílfides.” Como por un conjuro salieron todos los varones excepto Schaffenburg, el primer bailarín. Yo no sabía de qué se trataba. Repitió “Sílfides” dirigiéndose a mí. Como en lugar de salir me senté en el piso, don Martín me dijo: “Salga usted.” Yo, muy tranquilo contesté: “¿Por qué?, nunca la he visto.” Impaciente, pidió un mozo para que me sacaran, me aferré a una barra y comencé a llorar… y ya no era un niño. Algo dijo la señorita Nellie, me dejaron pero al final me llamaron a la dirección. Esta vez sí estaba enojada. Me gritó: “Yo sé domar potros, soy una amazona, soy del norte y he lidiado con los hombres que hicieron la Revolución.” Sin agregar nada me señaló la puerta. Cuando salí no sabía si estaba despedido ni qué hacer. 

Al siguiente día me presenté para hablar con ella. llevaba un libro suyo que había comprado, los Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa. Le pedí que me lo firmara. Ahora me vio con indulgencia y escribió: “Para el joven serio y magnífico que es Felipe Segura dedico este libro que habla de guerra y no de ballet. Nellie Campobello.” Me envió a mi ensayo. 

La compañía estaba preparando su segunda temporada en Bellas Artes. Hubo problemas. Un grupo de bailarines pidió aumento de sueldo y los despidieron. Ellos eran Ricardo Silva, Armida Herrera, Enrique Escandón, primeras figuras. Algunos del conjunto, José Silva, Luz María Badager y Gloria Mestre. Hubo una audición y repartieron los papeles entre nosotros. A mí me tocó bailar “Las Bicicletas” de Alameda 1900 con Gloria Campobello y ser uno de los Caballeros del salón de Fuensanta. Estaba feliz. El día del debut pudo haber sido uno de los más hermosos de mi vida, pero me llamaron de la dirección. En esta ocasión estaba don Martín, que a mí me aterrorizaba. La señorita Nellie me dijo que era necesario que en adelante trabajara yo mucho por lo que me enviaría a las clases que hubiera en el tiempo que tuviera libre, que no importaba la materia que estuviera impartiendo, tampoco si ya estaba iniciada la clase. Agregó que yo no era un bailarín, que me iban a disfrazar. Don Martín agregó: “Y no más niñerías. ” 

Esto significó que ya no tuve descanso. No paraba de las cuatro de la tarde a las nueve o diez de la noche. Las clases eran con Linda Costa, Enrique Vela Quintero y Yol-Iztma. Esta maestra era muy chistosa. Cuando llegaba yo a su clase, la interrumpía y decía: “Ya llegó el elegido de los dioses.” 

Una tarde vino la señorita Nellie y me pidió que la acompañara a la Librería de Cristal, que estaba entonces en las pérgolas, al lado de Bellas Artes. Desde que llegamos su comportamiento llamó mi atención. Parecía la dueña. Los empleados la atendían de manera especial. Fue tomando libros de diversos lugares. Me preguntaba si ya los había leído. Las más de las veces mi respuesta era: no. Los apartaba. Cuando salimos yo llevaba más de diez libros como obsequio. Frecuentemente me preguntaba cuál estaba yo leyendo y tenía que narrarle algo y hacer alguna reflexión. Tuve que leerlos todos y machetearlos

Estas visitas a la librería se repitieron infinidad de ocasiones. Después me invitaba a tomar café a un lugar turco en las calles de Motolinía, donde era muy conocida. Los meseros prácticamente se doblaban en dos al saludarla. Toda la tarde la pasaba hablando sin parar, yo escuchando e intercalando un monosílabo ocasionalmente. No importaba qué tema abordara, cuando nombraba personajes como Alejandro el Magno, Napoleón o Francisco Villa, se iluminaba su cara, subía el volumen de su voz y mostraba una gran emoción. Luego, súbitamente, yo me convertía en el tema de la conversación, me aconsejaba que estudiara mucho, que trabajara, que nunca aceptara “ser del montón”. 

Si ya era tarde al salir de la librería, íbamos a cenar al restorán Roma de las calles de Independencia, donde también era muy bien recibida. Ella ordenaba lo que yo debía comer y no permitía que tomara cognac al final de la cena, como ella hacía. Daba muy generosas propinas, preguntaba a los meseros por sus familiares, llamándolos por sus nombres. El capitán y los meseros nos acompañaban a la puerta. Yo la encaminaba hasta su casona de las calles de Ezequiel Montes. 

Malo que en nuestra ruta encontráramos un perrito callejero. Comenzaba a conversar con él muy cariñosamente hasta que lograba que se acercara, lo acariciaba, le indicaba que yo también amaba a las criaturas del Señor. Terminábamos llevando al perrito a su casa, y casi siempre yo tenía que cargarlo. Ya había cerca de veinte perros hospedados allí y viviendo como príncipes asiáticos. La gente en la calle la veía y la seguía con su mirada. Ella al parecer no los notaba pero siempre había algún comentario. Su vista era de águila. En alguna ocasión me llamaron la atención sus guantes maltratados. Enseguida dijo: “Cuando alguien realmente utiliza los guantes no pueden estar perfectos. Cuando se los ponen ‘porque repican gordo’, los tienen limpios. Nunca permitía que se quedara un poste entre los dos; regresaba, tomaba el camino que yo había seguido diciendo: “Pan y mantequilla.” 

La frecuencia con la que iba a su casa permitió que después la sirvienta dijera: “Suba usted, la señorita Nellie está en su recámara.” La encontraba perfumándose o poniéndose los guantes. Al ver que tenía sus discos horizontalmente, le indiqué que debían estar colocados de manera vertical. Dijo: “Usted que es tan acucioso, debe colocarlos bien.” Esto significó muchas tardes de trabajo porque además de acomodarlos verticalmente los puse por autor. Entonces me llevó a un cuarto donde reinaba el más espantoso desorden: diseños tirados, amontonados, pilas de libros, pinturas recargadas en cualquier parte. Dijo: “Debe usted arreglar esto, aquí hay muchos tesoros.” Sí que los había. Diseños y muchísimos apuntes de la señorita Gloria bailando, realizados por José Clemente Orozco; diseños de Julio Castellanos, Diego Rivera, Antonio Ruiz y Carlos Mérida. Muchos cuadros al óleo pintados por el maestro Orozco con la señorita Gloria como modelo. 

Comencé a separarlos por autor; después acomodé los que eran apuntes y los que eran diseños. Reuní los diseños de Umbral Pausa, Obertura republicana, Ballerina, Cuando era otro el dios y La calle de la amargura (Presencia) de Orozco; Alameda 1900, Las sílfides y La siesta del fauno de Castellanos; Vespertina, Clase de ballet y La dama de las camelias de Ruiz; El espectro de la rosa de Carlos Orozco Romero; Ixtepec y Circo Orrín de Mérida y Fuensanta y El sombrero de tres picos de Roberto Montenegro. Había algunos repetidos. La señorita Nellie me dijo que el diseño del telón de boca del ballet Umbral se había perdido y que el maestro Orozco tuvo que repetirlo. Me obsequió uno de ellos. 

Por todas esas semanas empleadas me obsequió además un anillo con un granate labrado porque era “la piedra de mi signo zodiacal”. Y una bolsita con piedrecillas, hierbas y creo que pelos de lobo o de venado, que eran para ahuyentar la mala suerte. 

Al cabo de cinco años y con la oposición de don Martín fui nombrado primer bailarín por la señorita Nellie pero el señor insistió en hacerme un examen. Gloria decidió —sin decírmelo— que sería con Sílfides. Al terminar, don Martín me llamó y con mucha franqueza me dijo que él se había opuesto pero que lo había convencido… con reservas. Partimos para realizar una gira al norte. Una tarde salió la compañía en ferrocarril. La primera ciudad era Parral; dos días después salimos nosotros, las hermanas Campobello, don Martín y yo en avión y llegamos antes que la compañía, compuesta por cerca de cien personas incluyendo a las mamás. Nosotros nos hospedábamos en los mejores hoteles. La compañía en lugares muy feos. Para los alimentos había dos mesas. Una para ellos tres, la otra para mí. La compañía comía en mesas de banquete y les servían en peroles. El que yo invitara a algún bailarín a mi mesa o que conversara con alguno provocaba una reprimenda de don Martín, donde siempre iba intercalada la oración: “Cuándo va usted a aprender a comportarse como primer bailarín. ” 

A nuestro regreso me separé de la compañía. Tenía muchas actividades con los grupos de Nelsy Dambré y Sergio Unger. Allí estaban mis amigos: Lupe Serrano, César Bordes, Salvador Juárez y Guillermo Keys. Pasaron los años. Seguí frecuentando a la señorita Nellie y saliendo con ella. Digo siempre señorita Nellie porque no se le podía dar otro título. No aceptaba el de maestra, profesora y mucho menos señora porque el discurso era largo y muy aclaratorio. Cuando ocasionalmente cenábamos con la señorita Gloria, yo terminaba con jaqueca. Ambas hablaban al mismo tiempo y de temas diferentes. A Gloria le gustaba hablar de pasteles —y me daba la receta—, de novelas de misterio y de música. Con este tema podíamos estar hasta el amanecer. Uno de los temas frecuentes con la señorita Nellie era hablar mal de las personas. Siempre se refería muy despectivamente a los bailarines de danza moderna. Ella fue quien inventó lo de “descalzos”, “los bailarines de a pie”, “los bailarines de pie de polvorón”. Cuando Gloria no estaba presente se refería a ella como “la comanche del sol”. Algunas veces parecía arrobada o ausente y hablaba con su madre. Después, cuando ya había muerto la señorita Gloria, también sucedía eso. Sus ojos veían al infinito y dulcemente pronunciaba las palabras: “Mamá…” o “Gloriecita…” 

Me narraba muchas anécdotas del norte, de la Revolución y de su familia. Que el padre de Gloriecita era un ingeniero inglés de apellido Campbell, que ellas “tradujeron” por Campobello, que era su padrastro y que fue quien las introdujo en la Colonia Británica de la ciudad de México. La emocionaba hablar de sus caballos, de cómo había recorrido el Estado de Chihuahua porque era una gran amazona. 

Después vino el despojo de la Escuela Nacional de Danza, Bellas Artes deseaba nombrarla asesora, pero ella no aceptó. Puso unas cadenas en la reja de entrada para que no pasara nadie pues la habían amenazado con lanzarla. La ocasión en que se presentaron, ella los encaró pistola en mano y los amenazó con incinerarse en el Zócalo si la echaban. Bellas Artes tuvo que ceder y salomónicamente inauguró la Escuela Nacional de Danza del Sistema Nacional para la enseñanza profesional de la danza y, la Escuela Nacional de Danza “Nellie Campobello”, que hoy día tiene el nombre de las dos hermanas. 

Un día desapareció. La prensa hizo un gran escándalo y logró que fuera presentada al público, para que súbitamente se hiciera el silencio más absoluto. A la fecha ignoramos si vive o si ha muerto. 

Su aportación a la danza mexicana fue enorme. También quedan sus libros, pero de esa persona brillante, amorosa, sarcástica, luminosa; de esa mujer de la que nuestro país debe sentirse profundamente orgulloso, apenas quedan nuestras palabras. Nellie Campobello es inolvidable.

Transcripción y edición por Fernando A. Morales Orozco

Hipervínculos por Diego Eduardo Esparza Resendiz