Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895)

Por Federico Gamboa

Gamboa, Federico, “Manuel Gutiérrez Nájera”, en Revista Azul, tomo IV, núm. 14. 2 de febrero de 1896, pp. 213-214.

Manuel Gutiérrez Nájera

Con sólo cerrar los ojos, vuelvo a mirarlo, a pesar de los años transcurridos desde entonces. Sentado en una luneta, de guantes y gardenia, aplaudía a rabiar, a una actriz de ópera italiana. Por mera curiosidad, pregunté quién era, y alguien me dijo: 

—Es Manuel Gutiérrez Nájera, El Duque Job.

Yo entonces ni siquiera leía diarios; reduciánse mis labores periodísticas a ir cada ocho días en nombre de mi hermano, a cobrar el importe de unos artículos semanales que éste escribía en La Libertad. Allí veía a Manuel corrigiendo “pruebas”; entre los labios, su eterno e inseparable cigarro puro; a la puerta de la imprenta, un simón que lo aguardaba desde hacía mucho tiempo, según inveterada costumbre del duque, confesada por él mismo: 

—En cuanto no tengo dinero, tomo un coche y en seguida lo encuentro. 

A la vuelta de mi primer viaje a los Estados Unidos, allá por el 81, me encontré con que también Manuel se hallaba recién llegado de la reputación y del aplauso. No recuerdo quién nos presentó, pero sí recuerdo que simpatizamos. A poco, yo comencé a escribir —Dios y la gramática me lo tomen en cuenta— y ya no cesamos de vernos. 

Desde luego me llamó la atención una cosa, que aún sigue llamándomela; el que nadie, absolutamente nadie hablara mal de Manuel. Y cuenta que esto, tratándose de literatos y periodistas, es anormal hasta lo inverosímil; nos queremos y nos estimamos tanto, que la cacareada maledicencia recíproca de los cómicos es miel sobre hojuelas comparada con la nuestra. Es que Manuel tenía “ángel” y su talento completaba la obra; la prueba (y no es indiscreción, supuesto que él aclaró un artículo a propósito de mis Impresiones y recuerdos, que más de una vez nos tropezamos entre bastidores) la prueba, digo, está en la siguiente afirmación, formulada por una encantadora boca parisiense: 

Imagen tomada del INBA

Mais, in m’avait dit que Mr. Naquera était très laid, et ce n’est pas vrai, ce n’est pas vrai…

Y tenía razón; la fealdad física de Manuel desaparecía ante su ingenio y ante la luminosa simpatía que irradiaba de su cerebro privilegiado.

Esa bondad suya, que lo puso a cubierto de picaduras y mordiscos, impidió que hubiéramos emborronado una “lista” de biografías y humorísticas de nuestros dioses de cartón y nuestros sabios de contrabando. No quiso prestarme el valioso contingente de su nombre; limitábase a reír, a darme un toque que otro, a enterarse de si la “lista” aumentaba. 

Después, se enamoró de veras; ¡cuántas noches lo encontré en la calle de la Independencia en romántica contemplación de su novia! Allí sí que bueno y todo, no toleraba bromas, ni alusiones, ni nada; si acaso saludaba, hacíalo muy discretamente, con seriedades ajenas a su carácter. 

Cuando de Guatemala le envié mi Del natural, me acusó recibo, participándome el nacimiento de su Duquesita; y cuando regresé y le pedí que me escribiera algo en mi álbum de autógrafos, cogió el libro, ofreciome solemnemente un autógrafo, y me lo extravió durante año y medio, sin haber escrito nada en él. Lo que es a informal no había quien le ganara; lástima que ni por eso se pudieran romper las amistades, pues no sé en qué artes barnizaba la informalidad más imperdonable, que acababa uno dándole la razón, un abrazo y muchas excusas. 

Mientras permanecí en la República argentina, no tuve que realizar esfuerzo ninguno para darlo a conocer, que, debido a sus propios méritos, es apreciadísimo por la gente culta de aquellas para nosotros desgraciadamente apartadas regiones. Sin embargo, leyéronse en mi casa varias composiciones suyas y de mi casa salieron otras para ser reproducidas; “Las Mariposas” notamment, como diría Manuel.

Regresé de la América del Sur y nos dimos Manuel y yo un atracón de charla; inquirió una porción de pormenores, reveladores de sus vastísimos conocimientos en cuanto atañe a literatura americana, cosa que me obligó a hacerme cruces, pues ignoro de dónde sacaría el tiempo el duque para estar al corriente de las literaturas extranjeras. Sorprendióse con agrado de cuanto yo le comunicaba; del afán de los bonaerenses por adelantar; del prodigioso desarrollo del Ateneo argentino que celebró el primer aniversario de su fundación en edificio propio, con un “salón” a la francesa, de pinturas y esculturas, y con la asistencia del presidente de la República y cuatro ministros de estado; de que nueve teatros trabajen noche a noche; de todo lo que él me preguntaba y yo le respondía. 

—Viene usted impregnado de “pampero” —me añadió —y una cosa así necesitamos por acá, “un viento bueno y fuerte que nos saque la anemia”.

Luego, me enumeró él sus proyectos ¡tenía tantos! Descollaba su eterno afán: dar término a un libro en prosa, libro acariciado de años atrás. 

—Si yo pudiera hacer días de veintiocho horas siquiera, antes de seis meses publicaba un tomo. 

Me ofreció una crítica de mis Apariencias, y para no quebrantar sus principios, nunca la escribió, por mucho que me asegurara cuando nos encontrábamos, que ya había concluido la primera mitad del trabajo. 

—Es usted uno de mis acreedores preferentes. ¡Si usted supiera el número de juicios críticos que les debo a diversos escritores sudamericanos, que me han obsequiado sus obras!…

Y es que su carácter aparte, el quehacer lo abrumaba, le borraba la fecha de los vencimientos de sus compromisos. Sus últimos versos, los consagrados a la Corregidora, los perdió, y ¿saben ustedes dónde? En uno de los bolsillos de su abrigo, allí se encontraron.

Del mérito de su labor no he de hablar, por distintas razones: primera y principal, porque no soy crítico; segunda, porque aunque no lo fuera, mi opinión sería apasionada, el cariño y la admiración que Manuel me inspiró no me han dejado huecos para las censuras; y tercera, porque en mi concepto, su muerte está muy reciente y cualquier cosa en ese sentido resultaría prematura. 

Por dicha, ahí vienen sus obras compiladas bajo la dirección habilísima de don Justo Sierra y el artístico talento de Luis G. Urbina; esos tres volúmenes probarán al más descontentadizo la encumbrada prosapia intelectual de Manuel Gutiérrez Nájera; y ciertos artículos, determinados versos en los que su alma asoma decididamente, revelarán el secreto de por qué su autor fue el amado de todos:

—¡Porque era bueno!

México, 3 de febrero de 1896

Transcripción y edición por Fernando A. Morales Orozco

Hipervínculos por Verónica Yaneth Galván Ojeda

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