Rafael Delgado (1853-1914)

Por Mauricio Magadaleno (1906-1986)

El novelista Rafael Delgado

Mauricio Magdaleno, “El novelista Rafael Delgado”, en Memorias de la Academia mexicana correspondiente de la española, Tomo XXII (1973-1975), México: AML, 1976, pp. 183-186. 

Vivió el encanto de Veracruz en dos o tres de sus más clásicas ciudades; cursó de principio a fin una era a la que, avanzada la marcha de la dictadura del general Díaz, dio acento humano e ilustrado el gobernador Teodoro Dehesa, individuo de indudables aciertos. Fuera de tres años que pasó en México en el verdor de su adolescencia, estudiante del Colegio de Infantes de la basílica de Guadalupe, de sus frecuentes estancias en Jalapa y de un breve lapso en que sirvió, al final de sus días, como director general de educación en Guadalajara, el grueso de su jornada se deslizó plácida y sosegadamente en Orizaba, de hecho su verdadero y entrañable hogar. De su nativa Córdoba salió tan tempranamente que apenas merodeaba las primeras letras. En su encantador escenario inspiraría su más romántica novela. 

En el año 53, cuando vino al mundo, su pintoresco y atrabiliario paisano el general Antonio López de Santa Anna ocupaba por última vez la presidencia de la República. Por cierto que ese mismo año el famoso sátrapa se adjudicaría, a falta de corona, como remate a los más escandalosos desmanes, el título de Alteza Serenísima. Dos más tarde —dos años que fueron como siglos para el depredado país—, la Revolución de Ayutla lo obligaría a la fuga, recurso que muchas veces antes había practicado diestramente. Con el triunfo de los liberales se derrumbó toda una época de México; allí finó el predominio del cerrado molde colonial. Al impulso de los tiempos nuevos, otra filosofía social se abrió paso en el fragor de encarnizadas pugnas. El futuro novelista de La Calandria era un mozalbete aún cuando el epílogo de Querétaro selló la vieja querella nacional. 

Su familia —y ello explica, en buena parte, la indiferencia política de Delgado— no campeó en la sangrienta controversia. Su abuelo fue por largo tiempo alcalde de Córdoba: como tal, presumiblemente no tuvo otra intervención en los enredos de Iturbide y O’Donojú que la obligada atención a tan ilustres huéspedes. Un alcalde no cuenta, ni entonces ni ahora, en las grandes tramas a las que toca dar escenario, casual escenario, su ciudad. No es probable, tampoco, que el pequeño y bonachón alcalde, que nunca dio que sentir a sus paisanos, abrigara mayores ambiciones. Al desahogado vivir de la familia respondía la actitud propia de la época, una actitud fundada en los más firmes principios religiosos; pero en la vieja casona de los Delgado era inconciliable la diferencia de opiniones de los vecinos que la frecuentaban. 

La hora era aciaga, como todas las horas en que el alma social cambia violentamente de giro. En la larga contienda de casi diez años, el huracán sacudió con enardecida injuria aún el regazo de ese hondón orgánico que es el hogar. Leyes pavorosas respondían a otras leyes pavorosas, y el patíbulo excitaba al patíbulo. Si la conmoción llegó al Colegio Nacional de Orizaba, en cuyas aulas se formó Rafael Delgado, no la sufrió por su temprana edad. Fraguó en la nueva era, la liberal, y dio en ella su creación. No fue un liberal a lo Altamirano, a quien tantas luces debe la cultura patria, ni menos un conservador a lo Arrangoiz, el de la herida derrota que arrastró hasta su avanzado término. El cuerpo de su novelar es desinteresado; carece de tinte político y lo fastidian las cuestiones militantes. Suele poner en boca de sus personajes la discusión de la hora, como que son seres vivos que la viven, pero nunca interviene por ningún modo de reflexión personal en materia litigiosa. En capítulo tan importante como la educación pública, que tantas alarmas provocó en la vieja clase, no se prohíbe, a fuer de atento educador, su adhesión a las nuevas corrientes. A fin de cuentas, carecía de calor y color banderizos. 

Su aparición en las letras coincide con el mejor florecer del siglo. Antes que él, Emilio Rabasa había publicado sus cuatro afamadas novelas, La bola, La gran ciencia, El cuarto poder y Moneda falsa. Por esos mismos años, los de La Calandria, salieron a luz las primeras obras de Federico Gamboa, y La parcela de José López Portillo y Rojas. Disímiles los cuatro por su intención; uno, Rabasa, crítico de la vida social de su época; tradicionalista López Portillo y Rojas, y naturalista, a la Zola, Gamboa. Una nota común: la fe católica de los cuatro los mantiene a distancia de toda tendencia ultramontana; responden a cierto tono tradicionalista que controvierte —o apenas controvierte, por lo que ve a las costumbres— con el latido de aquellos años finiseculares. La refriega ancestral estaba liquidada y aires modernos conformarían su novelar: Pereda, que tanto influjo ejerció en ellos, y Zola y los Goncourt. Su miga, la de los cuatro, es entrañablemente mexicana; su factura, muy por encima de la de sus predecesores. 

Rafael Delgado no incursionó en otros territorios que los del magisterio y las letras, siempre en su ámbito regional. No lo atrajo el ruido de la capital, y si traslada a ésta buena parte de la acción de Los parientes ricos, la visión y el sentimiento no tienen mayor significación. Estamos en la capital simplemente porque allá nos lleva la historia de la orizabeña familia Collantes. No le era grato su barullo; uno de sus pequeños personajes, la criadita Filomena, dice ingenua y claridosamente: 

Muchos palacios, muchos paseos, muchos teatros, muchos coches de lujo como nunca los habría en Pluviosilla; tiendas magníficas, llenas de artículos de subidísimo precio; dulcerías que parecen salones de baile —así de lujosas e iluminadas—; muchas gentes, muchas como en Pluviosilla en días de grandes fiestas, como en las que llamaron de Colón, las fiestas del centenario del descubrimiento de América. Pero al lado de tanto lujo, y de tanto dinero, una pobreza como no la había en ninguna ciudad veracruzana; almas perversas; personas falsas; gentes codiciosas; rateros, timadores, mujerzuelas…

Y por ahí sigue la andanada.

Los parientes ricos fue publicada formalmente como libro en 1903, el mismo año en que Santa, de Gamboa, vio la luz pública, esa sí, y de raíz, novela de fiel pulso capitalino. Tampoco Delgado se propuso, ni mucho menos un calado ajeno a las razones de su episodio metropolitano. Sus lugareños recorren avenidas que no les dicen nada: el Paseo de la Reforma, el bosque de Chapultepec, y visitan, como es de rigor, la Basílica de Guadalupe y la Catedral. Al llegar los viajeros a la estación —seguramente la de Buenavista—, un comentario desencantado de la misma criadita Filomena: “—¿Aquél era México? ¿Aquella era la gran capital? ¡Pues qué mal iluminada!” Datos así que no escarban una epidermis y que contrastan con el rico registro provincial de Delgado, en que seres y ambiente se confunden en preciso novelar. 

Este veracruzano de callada y pulcra mansuetud, renuente a toda forma de prominencia social y de vanagloria publicitaria, es un caso en nuestras letras. Para su elaboración intelectual le bastó el pequeño y recoleto aforo de su Pluviosilla. Su gran cultura y su siempre atenta información del mundo no las debió a los recursos de la capital —aula oronda y tradicional que atrae irresistiblemente al provinciano—, en la cual sirvió, por unos años, en las oficinas de negociación minera. En ese periodo figuró en los cenáculos de sus más ilustres contemporáneos y colaboró en varios diarios y en la Revista Azul, bandera del grupo acaudillado por Gutiérrez Nájera. En medio de sus tareas, lo sorprendió dolorosamente la temprana muerte del poeta. Y México no logró, a fin de cuentas, capturarlo y asentarlo; se sentía desterrado y pronto escapó en busca de sus aires veracruzanos. 

Antes, muy mozo aún, había cultivado, en Orizaba —obligada iniciación del gremio—, la poesía lírica. Escribió versos hasta unos cuantos pasos de su fin. Anda por ahí, entre tantas escondidas curiosidades, el libro de sus sonetos, publicado póstumamente. Escribió para el teatro y para el periódico, y entregó a la literatura preceptiva muy apreciables aportaciones. Fue, en Veracruz, tierra de insignes educadores, un concienzudo maestro que enseñó en Orizaba y en Jalapa Historia, Geografía, Gramática y Literatura. Le dio renombre nacional la excelencia de sus novelas, cada una de las cuales señala fecha memorable en el curso del género. Su quehacer, el fecundo y sostenido ejercicio de su vocación se desenvuelve, prácticamente, entre su larga atención docente y la novela. ¿Y acaso la novela, en su más alto nivel, no es también magisterio?

No confirió a su obra, aunque no podía ocultársele su significación, mayor realce. En el breve prólogo de Angelina advierte al lector, para dejar clara su intención: “Tampoco busques en los capitulejos que vas a leer hondas trascendencias y problemas al uso —lo marca en negritas—. No entiendo de tamañas sabidurías —también en negritas— y aunque de ellas supiera me guardaría de ponerlas en novela”. Y más adelante, rematando el mismo texto: “Declárote que tengo en aborrecimiento las novelas tendenciosas —otra vez la tilde maliciosa de la palabra— y que con esta novelita, si tal nombre merecen estas páginas, sólo aspiro a divertir tus fastidios y a alegrar tus murrias”. El lector de entonces agradeció cumplidamente el desinteresado corroer de estas lozanías veracruzanas y mexicanas. 

Así lo estimó el inflexible juicio de Mariano Azuela, su más alto sucesor en el cultivo de la novela, al escribir: “Hizo bien en no meterse en hoduras, ajenas a su temperamento y de las que tal vez no hubiera salido bien parado. En el justo equilibrio entre las posibilidades de un autor y sus relaciones estriba su mérito”. ¿Y acaso, me pregunto a mi vez, la novela, cuando lo es en toda su dimensión orgánica, no recoge sentimiento de su época y su conciencia social, por vía de sus propios medios y sin engorro de indigestos sermones que tanto mermaron la cuantía de importantes creaciones de nuestro siglo diecinueve? Este dejar suelto el fluir de sus historias es precisamente el acierto más feliz de Delgado, cuya pródiga tierra veracruzana y cuyo respirar narrativo brotan golosamente de su maestría literaria. Otra justa nota de Azuela, que en su turno frecuentaría el mismo fundamental trato: el “amor sincero y desinteresado que el autor de La calandria muestra por las clases desvalidas, mucho más adentrado, mucho más adentrado y legítimo que el que se grita en los mítines y discursos cívicos”. Es verdad: lo mismo en La calandria que en Angelina y Los padres ricos e Historia vulgar, el orizabeño templa sus mejores cuerdas en el alma esencial de su pueblo.

  Dicen por ahí que en el último tramo de su vida pasó por misántropo. No lo era; todo en él —vida y obra— respira humanidad. Confundir al retraído con el misántropo es no entender la índole, la profunda índole de un individuo. Quienes le conocieron recuerdan sus charlas en el seno de la reunión de amigos; uno de ellos, tal vez el más autorizado, el licenciado Miguel Hernández Jáuregui, su albacea literario, no nos da ciertamente la imagen de un misántropo, sino de un solitario que, en ocasiones propicias, no regateaba su humana efusión. 

Mi también finado amigo el novelista José Mancisidor, que gozó en su mocedad su trato y prologó su última novela, Historia vulgar, lo recuerda así:

“Descuidado en el vestir, pulcro y juguetón en el hablar, pronto en la réplica, ausente su lenguaje de interjecciones altisonantes, cuyo uso frecuente parece ser privativo de los jarochos, accesible por temperamento, querido y respetado por todos los que lo trataron, poco dado al bullicio citadino y amante del campo”. 

El nombre que evoco es titular, creo yo, del homenaje del ilustre Ateneo Veracruzano, en cuyo cuadragésimo aniversario nos reunimos en esta primada, histórica y cordial ciudad. Nos congrega un gobernador de singulares atributos culturales, viejo amigo a mayor abundamiento, y al congregarnos nos brinda la tradicionalmente gentil hospitalidad jarocha. Merced a tan liberales auspicios, por los cuales expresa su cabal reconocimiento, la Academia Mexicana de la Lengua comparte fecha tan señalada para el benemérito Ateneo Veracruzano. Para su activo y empeñoso presidente, don Francisco Broissin Abdalá, nuestra adhesión a afanes que honran a este jirón de la patria al que es connatural el cultivo de superiores manifestaciones. 

Transcripción y edición porFernando A. Morales Orozco

Hipervínculos por Verónica Yaneth Galván Ojeda